jueves, 9 de septiembre de 2021

LA MUERTE DE IVÁN ILICH

 


LA MUERTE DE IVÁN ILICH (1886)

Edgardo Rafael Malaspina Guerra

( Iván Ilich desconocía la afirmación socrática de que “vivir es prepararse para morir”.  Iván Ilich había vivido de manera inauténtica. Eso lo supo cuando se enteró de su pronto final. Empezaba así su vida auténtica, según lo entendía Martín Heidegger.)

 

I

La muerte de Iván Ilich (publicado en 1886, pero escrito entre 1882 y 1886 ) es una revisión de nuestras vidas ante la muerte inminente. Como escribió Cervantes: “El que está para morir suele decir verdades”. Iván Ilich se pregunta si ha vivido correctamente.

II

Schopenhauer afirmó que la muerte es la fuente primigenia de la filosofía, por eso este relato de Tolstói fluye como un discurso filosófico y no religioso como en sus otras obras. Cada uno debe enfrentar el miedo a la muerte en soledad y a su manera.

III

Los colegas de Iván Ilich Golovin al enterarse de su pronto final se preguntan qué beneficios les puede suponer ese hecho en materia laboral: la muerte es una tragedia muy personal. Los demás pueden actuar de manera egoísta como creyendo que jamás estarán en un ataúd.

“Quien no se conmueve ante el dolor humano no tiene entrañas. Quien no filosofa ante un cadáver no tiene entendimiento”. (Letamendi)

IV

Iván Ilich se cae de una escalera, luego de lo cual enferma. Un dolor en un costado le molesta. No hay una precisión diagnóstica, aunque algunos investigadores se aventuran y hablan de un cáncer de riñón. No obstante, en la novela hay indicios de una patología oncológica del tracto gastrointestinal. Todo lo que sube, baja: Iván había ascendido a la cima de la escalera laboral, por lo tanto, se iniciaba el declive.

V

Iván Ilich Mechnikov , procurador de Tula y hermano del gran investigador Ilia Mechnikov , es el prototipo del personaje principal. Iván Mechnikov   cuando enfermó gravemente solía hablar de la esterilidad de su vida. Eso inspiró esta historia de Tolstói.

 Ilia Mechnikov afirmaba que nadie había descrito el temor a la muerte como Tolstói en esta novela.

VI

Vladimir Nabokov dijo: “Esta historia es la obra más brillante, perfecta y compleja de Tolstói”.

Chaikovski escribió: “Leí La muerte de Iván Ilich. Más que nunca estoy convencido de que el más grande de todos los antiguos escritores-artistas de todos los tiempos es L. N. Tolstói. Su solo nombre es suficiente para que un ruso no se doblegue avergonzado cuando calcule todas las grandes cosas que Europa le ha dado a la humanidad”.

“Todo médico de cualquier especialidad debe leer atentamente esta historia, porque no existe una más contundente en la literatura mundial sobre este tema. ​​Esos abismos de horror y duda que están viviendo los pacientes con cáncer se abrirán ante él "(A. T. Lidsky).

La muerte de Iván Ilich es el libro tibetano de los muertos. (Vladislav Otroshenko).

“Con est novela Tolstói hace que todos nos preguntemos: ¿Es así como uno muere? Sin la enfermedad, Iván Ilich, espíritu ordinario, realmente no tendría ningún relieve, ninguna consistencia. Es ella quien, al destruirlo, le confiere una dimensión de ser. Lo único que quedará de tantos años serán las pocas semanas de sufrimiento en que la enfermedad le habrá revelado realidades antes insospechadas. La verdadera vida empieza y se termina con la agonía, tal es la enseñanza de la experiencia de Iván Ilich”. (Cioran en “El más antiguo de los miedos” , en el libro  “La caída en el tiempo”, 1966)

Pero un hermano de Tolstói bromeó: “Todos te elogian porque descubriste que la gente muere, como si no supieran eso sin ti”.

VII

Este es un libro ruso de los muertos para que aprendamos a morir. Iván Ilich tiene dolores físicos y morales. Tiene diálogos internos y se pregunta si le llegó el fin. Llora porque cree que Dios   lo castiga injustamente o puede ser que Dios no existe. Iván quiere que alguien lo consuele. Siente que hay hipocresía cuando le dicen que todo saldrá bien, porqué el sospecha que no haya salida.

VIII

Todos son Iván cuando se encuentra en ese callejón sin salida. Sienten la indiferencia de sus seres queridos hacia su tragedia:  hasta su hija no entiende o no quiere entender lo que le sucede y continúa su vida como si nada. Luego, en el velorio la gente habla de otras cosas (como en cualquier velorio del mundo).

Párrafos:

1

Más allá de los barruntos sobre los traslados y posibles promociones que de esa muerte podrían derivarse, el deceso de un conocido cercano no suscitó en ninguno de ellos, como suele ser el caso, más que un sentimiento de alegría, pues había sido otro quien había pasado a mejor vida.

2

La familia entera gozaba de buena salud, pues no se podría calificar de enfermedad el hecho de que Iván Ilich se quejara a veces de tener mal sabor de boca o de que algo le molestaba en el lado izquierdo del vientre.

3

Pero el caso es que esas molestias fueron aumentando y acabaron transformándose, si no en un acceso de dolor, sí en una sensación de peso constante en el costado que le ponía de mal humor. Ese mal humor, que no dejaba de crecer y crecer, empezó a arruinar el encanto de esa vida tan despreocupada y decorosa que la familia Golovin se había creado.

4

Así lo hizo Iván Ilich. Y todo resultó como había esperado; todo se resolvió como se resuelven siempre tales asuntos: la espera, esa prepotencia afectada y doctoral que Iván Ilich conocía tan bien, pues era la misma que él exhibía en el tribunal; la auscultación, la percusión, las preguntas que exigían respuestas determinadas de antemano y meridianamente inútiles, y ese aire de importancia que parecía insinuar: « Bueno, no tiene usted más que someterse a nuestra voluntad y nosotros nos ocuparemos de todo; sabemos con certeza cómo se arreglan estas cosas, siempre de la misma manera, se trate de quien se trate» . Todo era exactamente igual que en el tribunal.

5

El médico le dijo: « Esto y lo otro indican que en el interior de su organismo pasa esto y lo otro; en cualquier caso, si el examen de esto y lo otro no lo confirma, habrá que suponer que tiene usted esto y lo otro. Y si suponemos esto y lo otro, entonces…» . Y así sucesivamente. A Iván Ilich solo le importaba una cuestión: ¿revestía gravedad su caso o no? Pero el médico se desentendía de esa pregunta tan fuera de lugar. Desde su punto de vista, era algo tan irrelevante que ni siquiera merecía la pena tenerlo en cuenta. Lo único que importaba era la consideración de las probabilidades: un riñón flotante, un catarro intestinal de carácter crónico o una afección del intestino ciego.

6

La vida de Iván Ilich no entraba aquí en consideración, solo se trataba de decantarse por el riñón flotante o por el intestino ciego. Y en opinión de Iván Ilich el médico resolvió la cuestión de un modo brillante a favor del intestino ciego, haciendo la salvedad de que el análisis de orina podía proporcionar nuevos indicios y entonces habría que reconsiderar el diagnóstico. La misma actuación, punto por punto, que Iván Ilich había escenificado miles de veces delante de los acusados con no menos maestría. Idéntico magisterio desplegó a la hora de trazar el resumen y, con expresión triunfante, incluso alegre, echó un vistazo por encima de las gafas a su paciente. A partir de ese resumen Iván Ilich sacó la conclusión de que la cosa era grave y de que esa circunstancia le traía sin cuidado al médico, y probablemente al resto del mundo. Pero para él se trataba de algo serio.

7

—Supongo que nosotros, los enfermos, solemos hacer preguntas inconvenientes. Pero me gustaría saber si mi caso reviste gravedad.

El médico le lanzó una mirada severa, con un solo ojo, a través de los lentes, como diciendo: « Si el imputado no se limita a responder a las preguntas que se le formulan, me veré obligado a ordenar su expulsión de la sala» .

—Ya le he dicho lo que considero necesario y oportuno —respondió el médico—. Habrá que esperar a ver qué dicen los análisis.

8

Después de la consulta, sus principales ocupaciones consistieron en el riguroso cumplimiento de las reglas relativas a la higiene personal que el médico le había impuesto, la toma de los medicamentos y una suerte de atención reconcentrada por cualquier síntoma de su dolor y por todas las funciones de su organismo.  Iván Ilich fue interesándose más y más por las enfermedades y la salud de los seres humanos. Cuando se hablaba en su presencia de enfermos, de muertos, de pacientes restablecidos y, sobre todo, de enfermedades que se parecieran a la suya, aguzaba el oído, aunque procuraba ocultar su emoción, hacía preguntas y establecía comparaciones con su propio mal.

9

La lectura de libros de medicina y la consulta a diversos facultativos contribuyeron a agravar su situación. Ese agravamiento seguía un ritmo tan uniforme que podía engañarse comparando una jornada con otra, y a que las diferencias eran mínimas. Pero cuando consultaba a los médicos tenía la impresión de que su situación empeoraba, y además a marchas forzadas. En cualquier caso, no dejaba de requerir su dictamen.

10

Un amigo de un amigo, médico excelente, le ofreció un diagnóstico totalmente distinto y, aunque prometió curarle, lo cierto es que con sus preguntas y suposiciones solo consiguió turbarle aún más y aumentar sus dudas. Un homeópata se decantó por una tercera enfermedad y le dio una medicina que Iván Ilich tomó a escondidas durante una semana. Al cabo de ese tiempo, al no haber constatado mejoría alguna, perdió su confianza tanto en los medicamentos anteriores como en el nuevo y cayó en un estado de abatimiento aún más profundo. Un día una señora conocida relató la historia de un hombre que se había curado gracias a unos iconos.

11

¡Basta ya de vacilaciones!» . Era fácil decirlo, pero imposible ponerlo en práctica. El dolor en el costado seguía atormentándolo, parecía como si se hubiera recrudecido, como si se hubiera vuelto constante; tenía un gusto en la boca cada vez más extraño, se figuraba que de su boca salía un olor repugnante, su apetito y sus fuerzas disminuían. No era posible engañarse: en su interior se estaba produciendo algo terrible, nuevo y más decisivo que cualquier otra cosa que le hubiera pasado en la vida.

12

¿Saben ustedes que Iván Ilich, como les sucede a todas las personas bondadosas, no puede seguir a rajatabla las prescripciones del médico? Hoy se pone las gotas, sigue su régimen y se acuesta a la hora debida; pero mañana, si no estoy y o pendiente, se olvidará de lo primero, comerá esturión (que tiene terminantemente prohibido) y se quedará jugando al whist hasta la una de la madrugada.

13

-« Y cuando ya no exista, ¿qué quedará? No quedará nada. ¿Y dónde estaré cuando ya no exista? ¿Es posible que sea la muerte? No, no quiero.» Se levantó de un salto, tanteó la mesilla con manos temblorosas en busca de la vela, la tiró al suelo junto con la palmatoria y volvió a tumbarse, la cabeza sobre la almohada.

14

—. Es la muerte. Sí, la muerte. Y ninguno de ellos lo sabe, ni quiere saberlo ni muestra compasión. Están allí tocando música.

15

Iván Ilich era consciente de que se estaba muriendo y vivía en un estado de angustia permanente.

En lo más profundo de su corazón sabía que se estaba muriendo, pero, lejos de acostumbrarse a esa situación, era incapaz de comprenderla: no le entraba en la cabeza que pudiera pasarle algo así.

16

 Cada vez dormía menos. Le administraban opio y habían empezado a ponerle inyecciones de morfina. Pero ninguna de esas sustancias le confortaba. La embotada angustia que experimentaba en su duermevela le procuró cierto alivio al principio, en cuanto que era una sensación nueva, pero pronto se volvió tan lacerante, o incluso aún más, que el dolor manifiesto.

17

Lo que más atormentaba a Iván Ilich era esa mentira —quién sabe por qué aceptada por todos— según la cual solo estaba enfermo, no moribundo; lo único que tenía que hacer era conservar la calma y curarse y todo saldría a las mil maravillas.

18

No, no me hará nada. Todo esto es una tontería, un engaño —concluyó, en cuanto sintió ese conocido sabor dulzón e inevitable—. No, y a no puedo creer en tales cosas. Pero este dolor, ¿a qué se debe? Si me dejara tranquilo al menos un instante.» Y emitió un gemido. Piotr volvió sobre sus pasos. —No, vete. Tráeme el té.

Piotr salió. Una vez solo, Iván Ilich gimió no tanto de dolor, aunque era terrible, como de angustia. « Siempre lo mismo, todos estos días y noches interminables. Si al menos viniera de una vez. Pero ¿qué es lo que tiene que venir? La muerte, la oscuridad. No, no. ¡Cualquier cosa es mejor que morir!» .

19

Iván Ilich está firmemente convencido de que todo eso es una tontería, un burdo engaño, pero cuando el médico, puesto de rodillas, se estira por encima de él, aplica la oreja, y a más arriba, y a más abajo, y, con expresión muy concentrada, ejecuta varios movimientos gimnásticos, Iván Ilich se presta a la representación como se prestaba antes a los alegatos de los abogados, aunque sabía perfectamente que todos mentían y por qué lo hacían.

20

Ese dolor ineludible y ese miedo continuo hacían que no sintiera ningún agravamiento ni mejora en su estado. Pero la situación era cada vez peor.

Volvieron a arrastrarse los minutos, y luego las horas, siempre idénticas, siempre sin fin, y el desenlace inevitable se hacía cada vez más terrible.

21

Lloraba por su impotencia, por su espantosa soledad, por la crueldad de los hombres, por la crueldad de Dios, por la ausencia de Dios.

« ¿Por qué has hecho todo esto? ¿Por qué me has llevado a esta situación?

¿Por qué me has enviado unos tormentos tan horribles? ¿Por qué…?» .

No esperaba ninguna respuesta, y lloraba precisamente porque no podía haberla. Volvieron a recrudecerse los dolores, pero no se movió, no llamó a nadie. Solo se decía: « ¡Venga, más, sigue golpeando! Pero ¿por qué? ¿Qué te he hecho y o? ¿Por qué?» .

22

Y cuanto más se alejaba de la infancia, cuanto más se acercaba al presente, más insignificantes y dudosas le parecían esas alegrías. Todo había comenzado en la Escuela de Jurisprudencia. Allí todavía había algunas cosas buenas de verdad: la alegría, la amistad, las esperanzas. Pero ya en los cursos superiores esos momentos agradables se fueron haciendo cada vez más raros. Luego, en los tiempos en que desempeñó su primer cargo en la oficina del gobernador, volvieron a aparecer esos momentos buenos.

23

Pero ¿qué había pasado? ¿Por qué? No podía ser. No podía ser que la vida fuera tan absurda y repugnante. Y si en verdad era tan absurda y repugnante, ¿por qué morir, y además sufriendo? Había algo que no cuadraba.

24

 ¿Cabe la posibilidad de que no haya vivido como debería haberlo hecho? — Se le pasó de pronto por la cabeza—. Pero ¿cómo es posible? Si he hecho siempre lo correcto.

25

 

 

Pero, por más que reflexionaba, no hallaba ninguna respuesta. Y cuando le venía la idea —algo que le sucedía a menudo— de que todo había sucedido porque no había vivido como debería haberlo hecho, enseguida se acordaba de lo irreprochable que había sido su vida y rechazaba tan extraña idea.

26

Desde el principio mismo de la enfermedad, esos dos estados de ánimo se habían alternado. Pero, a medida que esta avanzaba, más dudosas y fantasiosas se fueron haciendo las reflexiones relativas al riñón y más real la conciencia de su inminente fin.

27

 En los últimos tiempos, sumido en esa soledad completa, tumbado de cara al respaldo del sofá, esa soledad en medio de una ciudad populosa, entre numerosos conocidos y familiares —una soledad que en ningún otro lugar podría haber sido más completa: ni en el fondo del mar, ni en rincón alguno de la tierra—, en los últimos tiempos, sumido en esa soledad terrible, Iván Ilich había vivido exclusivamente con la imaginación, recreando su pasado. Uno tras otro se representaba diversos acontecimientos de su vida. Siempre empezaba con los más cercanos en el tiempo, pero acababa remontándose a los más remotos, a los años de infancia, donde se detenía. Se acordaba de la mermelada de ciruela que le dieron a comer un día, y a continuación de las ciruelas francesas, crudas y arrugadas de su infancia, de su sabor especial y del aflujo de saliva cuando se llegaba al hueso, y, acompañando ese sabor, surgía toda una retahíla de recuerdos relacionados con aquella época: el aya, su hermano, los juguetes.

28

 Y la imagen de una piedra que caía con velocidad creciente se le grabó en el corazón. La vida, una serie de sufrimientos cada vez mayores, volaba más y más deprisa hacia su fin, hacia el sufrimiento más espantoso. « Estoy volando…» . Se estremecía, se agitaba, trataba de oponerse, pero sabía que ninguna resistencia era posible, y otra vez, con ojos cansados y a de tanto mirar, aunque era incapaz de apartar la vista de lo que tenía delante, contemplaba el respaldo del sofá y esperaba esa caída terrible, el choque final y la destrucción. « Ninguna resistencia es posible —se decía—. Si al menos pudiera entender la razón de todo esto. Pero eso es también imposible. Si al menos pudiera entender la razón de todo esto. Pero eso es también imposible. Podría explicarme algo si estuviera en condiciones de decir que no he vivido como hubiera debido hacerlo. Pero eso no puedo admitirlo» , se dijo, recordando su respeto por la ley, la corrección y el decoro que habían presidido su vida. « Imposible reconocer una cosa así —se decía, apenas con un esbozo de sonrisa, como si alguien pudiera ver ese gesto y sacar una impresión equivocada—. ¡No hay explicación! El sufrimiento, la muerte… ¿Por qué?» .

29

El médico pasó a la sala e informó a Praskovia Fiódorovna de que el enfermo estaba muy mal y de que el opio era el único medio de calmar sus padecimientos, que debían de ser espantosos. Añadió que sus sufrimientos físicos eran terribles, sin duda; pero más terribles aún eran los morales, y que estos eran la principal causa de su tormento.

30

 ¿Y si en realidad toda mi vida, mi vida consciente, no ha sido “como habría debido ser”?

Se le ocurrió pensar que lo que hasta entonces había considerado una completa imposibilidad, es decir, que no había vivido como debería haberlo hecho, podía ser verdad. Y se dijo que esos leves intentos de lucha contra todo lo que la gente encumbrada consideraba bueno, que esos leves intentos de los que se había desentendido a las primeras de cambio, podían también ser verdaderos, y que todas las demás cosas podían no ser como deberían haber sido. Su trabajo, su modo de vida, su familia, los intereses mundanos y profesionales: todo eso podía no ser como fue.

31

 Y si eso es así —se dijo— y voy a abandonar la vida con la conciencia de haber destruido todo lo que me ha sido dado, sin haber sido capaz de poner remedio a nada, ¿qué será de mí?» . Se echó de espaldas y se puso a repasar toda su vida de modo completamente distinto. Esa mañana, cuando vio al criado, y después a su mujer y a su hija, y más tarde al médico, cada uno de los gestos y palabras de esas personas le habían confirmado la terrible verdad .

32

¿Qué? ¿Los sacramentos? ¿Para qué? ¡No es necesario! Sin embargo… Ella se echó a llorar.

—¿Sí, amigo mío? Llamaré a nuestro sacerdote, que es muy amable.

—Muy bien, estupendo —profirió él.

Cuando llegó el religioso y lo confesó, Iván Ilich se sosegó, tuvo la impresión de que sus dudas perdían parte de su pujanza y, en consecuencia, también sus sufrimientos, y por un instante albergó ciertas esperanzas. De nuevo se puso a pensar en el intestino ciego, en la posibilidad de que volviera a funcionar con normalidad. Comulgó con lágrimas en los ojos.

33

Nada es como debería ser. Todo aquello por lo que has vivido y sigues viviendo es una mentira y un engaño que te están ocultando la vida y la muerte . Y en cuanto esas palabras le vinieron a la cabeza, sintió una oleada de odio, acompañada de un lacerante dolor físico y de la clara conciencia de que el fin era inminente e inevitable. Se produjo una novedad en su estado: ahora las punzadas eran tan fuertes que se retorcía como si le estuvieran traspasando con un hierro, se le cortaba la respiración.

34

Y a cada instante sentía que, a pesar de los esfuerzos que hacía por oponerse, se acercaba más y más a ese desenlace que tanto le aterrorizaba. Comprendía que su tormento consistía no solo en que lo hubieran arrojado a ese agujero oscuro, sino, aún más, en que no acababa de entrar del todo en él. Se lo impedía el convencimiento de que su vida había sido ejemplar. Esa justificación de su vida era lo que le mantenía encadenado, le impedía avanzar y le atormentaba más que ninguna otra cosa.

35

De pronto una fuerza le golpeó en el pecho y en el costado, su respiración se hizo aún más afanosa, se hundió en el agujero, y una vez allí, en lo más hondo, brilló una lucecita. Era la misma sensación que había tenido a veces viajando en tren: creía ir hacia delante cuando en verdad iba hacia atrás, y de repente se daba cuenta de la verdadera dirección.

36

En ese preciso instante Iván Ilich se precipitó en el fondo del agujero, vio la luz y descubrió que su vida no había sido como habría debido ser, pero que aún estaba a tiempo de remediarlo. Se preguntó cómo debería haber sido, y a continuación guardó silencio y se quedó escuchando. Entonces se dio cuenta de que alguien le estaba besando la mano. Abrió los ojos y vio a su hijo. Y sintió pena de él. También se acercó su mujer. Iván Ilich la miró. Con la boca abierta y las lágrimas cayéndole por la nariz y las mejillas, lo contemplaba con expresión desesperada. Iván Ilich sintió pena también de ella.

37

¿Y la muerte? ¿Dónde está?

Buscó ese temor a la muerte que le había acompañado a lo largo de toda su vida y no lo encontró. ¿Dónde estaba? ¿Qué muerte era esa? Ya no albergaba ningún temor porque la muerte no existía.

En su lugar había surgido una luz.

—¡Entonces es así! —exclamó de pronto en voz alta—. ¡Qué alegría!

Todo sucedió en un instante, pero el significado de ese instante y a no cambió más. No obstante, para los presentes su agonía se prolongó aún dos horas. Su pecho emitía una especie de gorgoteo; su cuerpo demacrado se estremecía. Después los gorgoteos y los estertores se fueron espaciando.

—¡Ha terminado! —dijo alguien a su lado.

Él oyó esas palabras y las repitió en su alma. « La muerte ha terminado —se dijo—. Ya no existe.»

Tomó una bocanada de aire, se detuvo en mitad de la aspiración, extendió los miembros y se murió.

PELÍCULA

En la película “La muerte de Iván Ilich” de Igor Beliaev, inspirada en la obra homónima de Tolstói, un hombre agoniza y habla sobre su vida. Es un monólogo lleno de reflexiones filosóficas. Los papeles principales son de Nikolái Dolzhanski (Iván Ilich) y Ana Erigina (la voz que responde a las interrogantes del enfermo).

El tiempo gotea. La nieve se derrite y gotea .El hombre reflexiona que la eternidad continuará sin él. La eternidad es más terrible sin nosotros. Morimos y no estamos ni en la eternidad ni en el universo. La eternidad no tiene fin, el cual a mí me llegó.

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