LAS CONFESIONES DE ROUSSEAU
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
Las confesiones o autobiografía de Rousseau (1712-1778)
constan de doce libros: los seis primeros (1872) los escribió entre 1765 y 1767.
El resto (1789) fue escrito entre 1769 y 177.
Rousseau vivió 66 años, Las confesiones abarcan hasta
los 56 años.
"Me he decidido por una empresa que no tiene
precedentes y que, una vez completada, no tendrá imitador. Mi propósito es
mostrar a mi especie un retrato fiel a la naturaleza en todos los sentidos, y
al hombre que retrataré seré yo mismo ".
-No he emprendido mis Confesiones para callarme las
impertinencias.
"He prometido mi confesión, mas no mi
justificación, por lo tanto, me detengo aquí. A mí me toca ser exacto, al
lector ser justo. Nunca le pediré más".
Los primeros seis libros corresponden a la juventud y
la vida de vagabundo. Atraen por las aventuras y travesuras narradas. Los otros
libros corresponde a la etapa adulta. Habla de sus éxitos literarios, su
reconocimiento por la sociedad, sus enfermedades, intrigas familiares o con sus
amistades, las críticas , chismes y ofensas hacia su persona. Las confesiones
han servido a los médicos y otros especialistas para diagnosticarle muchas
enfermedades corporales y psiquiátricas al filósofo , desde las renales hasta
las depresivas con manía persecutoria.
[1]
Rousseau inicia sus confesiones con los recuerdos que le
son más gratos: los de la infancia y los juegos propios de esa época , los
títeres y sus primeras lecturas junto a su padre que con el tiempo se
convertirán en una verdadera obsesión: portará libros hasta en los bolsillos,
los llevará hasta el retrete; con cada lectura se sentirá el héroe de la novela
y llegará creerse un personaje de ficción. De los libros le viene el amor por
los sermones, el respeto por la justicia y su tendencia a la soledad. Plutarco
lo inclinó hacia los temas históricos.
Recuerda sus picardías, los pequeños robos de espárragos
y manzanas : “Casi
siempre los buenos sentimientos mal dirigidos hacen dar a los niños el primer
paso hacia el mal”. Excluyó el robo de dinero. “Nninguno de mis gustos puede satisfacerse con dinero.
Necesito goces puros, y el oro los envenena todos. El oro que se tiene es
instrumento de libertad; el que se busca lo es de servidumbre”.
[2]
Sueña con aventuras y viajes a pie: “La idea de un
viaje, de un gran viaje, halagaba mi espíritu ambulante que ya empezaba a
declararse. Parecíame muy bello a mi edad atravesar los montes y elevarme sobre
mis camaradas desde toda la altura de los Alpes. Visitar un país es un
incentivo a que no hay ginebrino capaz de resistir”, Llega hasta Italia. En
Turín duerme en la calle, pero se siente muy libre. Llora con un libro. Conoce
el amor platónico. Se entera de que existen los homosexuales y de la hipocresía
de la sociedad , especialmente de la iglesia. Trabaja de lacayo y estudia
idiomas. Toma la comunión católica por conveniencia porque es un convencido
protestante.
-Mi infancia no fue la de un niño; yo sentía y pensaba
siempre como un hombre.
-Si la virtud nos cuesta trabajo, es por culpa
nuestra, y si quisiésemos ser siempre buenos, rara vez tendríamos necesidad de ser
juiciosos; pero nos dejamos llevar por inclinaciones fácilmente combatibles,
cedemos a pequeñas tentaciones.
- No hay alma tan vil ni corazón tan bárbaro que no sea
capaz de alguna especie de afecto.
- Las verdaderas maldades son en la juventud aún más
criminales que en la edad adulta.
[3]
Reafirme su gusto por las andanzas a pie: Los montes,
los prados, los bosques, los arroyos, los pueblos, se sucedían sin fin y sin
intervalo con nuevos atractivos; este venturoso trayecto parecía que debía
absorber mi vida entera. Acordábame con delicia de cuán hermoso me había
parecido, a la venida, aquel viaje. Regresa a la casa señora de Warens a quien considera como su madre, es
seminarista, estudia música y sigue su vida de vagabundo.
- Mi corazón de entusiasmarse con las cosas más
insignificantes.
-La previsión ha amargado mis goces.
-Lo poco que sé lo he aprendido solo.
-En la adversidad el hombre juicioso puede encaminarse
a la felicidad y seguir el derrotero más conveniente para alcanzarla.
-Los que dominan a los demás no son más sabios ni más dichosos.
-Si cada uno pudiese leer en el corazón de los otros,
serían muchos más los que desearían bajar que los que desearían subir.
-El entusiasmo por las virtudes sublimes es poco corriente
en la sociedad.
-El sonido de las campanas, que siempre me ha
conmovido de un modo singular, el canto de los pájaros, la belleza del día, la
dulzura del paisaje, las casas de campo dispersas acá y allá, donde mentalmente
colocaba nuestra común morada, todo me impresionaba de una manera tan viva y
tierna, tan triste y patética, que me sentí en éxtasis transportado a ese
venturoso tiempo y a esa feliz mansión en que, poseyendo mi alma toda la dicha
que podía apetecer, la gozaba en arrobamiento inexplicable, sin soñar siquiera
en el placer de los sentidos.
MEDICINA
-Nada de cuanto tenía que hacer estaba de acuerdo con
mis inclinaciones, pero sí con mi corazón. Creo que hasta me habría llegado a
gustar la medicina si la aversión que me causaba no hubiese motivado escenas
cómicas que nos divertían continuamente: quizá es la vez primera que este arte
haya producido semejante efecto. Yo pretendía conocer en el olor los libros de
medicina; y lo raro es que pocas veces me equivocaba.
ESCRITURA
-De aquí procede esa dificultad extrema que siento al
escribir. Mis manuscritos, llenos de enmiendas, embrollados, mezclados,
ininteligibles, prueban el trabajo que me han costado. Ni uno solo he dejado de
tener que copiarlo cuatro o cinco veces antes de darlo a la prensa. Sentado a
una mesa, con una pluma en la mano y el papel enfrente, jamás he podido hacer
nada. En el paseo, en la montaña, en medio de los
bosques, por la noche en la cama y durante mis insomnios, es cuando escribo
mentalmente; júzguese con qué lentitud, sobre todo careciendo absolutamente de
memoria verbal, pues en toda mi vida no he podido retener seis versos.
Cláusulas hay que he formado y reformado durante cinco o seis noches en mi
mente antes de estamparlas en el papel. De aquí proviene también que salga más airoso
en las obras que exigen trabajo que en aquellas que requieren cierta ligereza,
como las cartas, género de literatura a que nunca he podido acostumbrarme; de
modo que el tener que escribir alguna es para mí un verdadero suplicio.
-En mí se juntan dos cosas casi incompatibles, sin que
yo mismo pueda comprender cómo; un temperamento muy ardiente, pasiones vivas,
impetuosas, y lentitud en la formación de las ideas, las cuales nacen en mi
mente con gran trabajo y nunca se me ocurren hasta después que ha pasado su
oportunidad. Parece que mi corazón y mi cabeza no pertenecen a un mismo
individuo.
[4]
Rousseau busca su lugar en la vida. Camina y medita . No acepta los aventones que le ofrecen los que
viajan en carretas. Quiere disfrutar cada rincón de los paisajes. Se pierde
cuando se entretiene disfrutando las maravillas de la naturaleza. Encuentra el
camino y retoma el viaje. Camina y se siente feliz: por eso entona canciones. Caminar
es bueno para la salud y para el pensamiento creativo. Hace el ridículo como
músico. Copiaba música que luego nadie podía ejecutar. Conoce
a un monje griego y le acompaña como traductor. Viajan hacia Jerusalén. Pero
sólo llega hasta Berna y París. Trata de hacer poesía y componer sátiras. Sueña
con ser militar. En Lyons duerme en la calle , bajo los árboles y el arrullo de
los ruiseñores. Se arrepiente de no haber llevado un diario de sus viajes.
-Una mala acción que cometemos no nos atormenta
inmediatamente sino mucho tiempo después, porque su recuerdo no se extingue.
- Un día la aurora me pareció tan hermosa que,
vistiéndome precipitadamente, me lancé al campo para presenciar la salida del
sol. Gocé de este placer en todo su encanto. Esto fue una semana después de San
Juan. La tierra, adornada con todas sus galas, estaba cubierta de verdor y
flores; los ruiseñores, en lo más alto del ramaje, se complacían en reforzarlo.
Todos los pájaros despedíanse a coro de la primavera; saludaban el alba de un
hermoso día de verano, de uno de esos bellos días que ya no se gozan a mi edad
y que no se han visto nunca en el triste suelo donde vivo ahora.
- La inocencia de las costumbres tiene también su
voluptuosidad.
- Quizá he gozado yo más en mis amores terminados con un
beso en la mano.
- El placer más insignificante que se ofrece a mano me
atrae más que los goces del paraíso.
- Cuando me ofrecían algún asiento vacío en los coches o
se me acercaba alguien por el camino, me incomodaba viendo desbaratarse la
fortuna cuyo edificio construía mientras iba marchando.
- Las interesantes conversaciones de una mujer de
talento son más eficaces para formar a un joven que toda la pedantesca
filosofía de los libros.
- Si quiero describir la primavera, es preciso que me
halle en el invierno; si quiero pintar un hermoso paisaje, he de hallarme entre
cuatro paredes; mil veces he dicho que, si algún día me hallase preso en la
Bastilla, haría el cuadro de la libertad.
- Me fijaba en todo lo que veían mis ojos, ponía
atención en los paisajes, observaba los árboles, las casas, los riachuelos; me
detenía a deliberar en las encrucijadas; temía extraviarme, pero no me
extraviaba.
[5]
Rousseau regresa con su madre adoptiva que se
convierte también en su amante. Llega el botánico Claudio Anet, y también se
hace amante de su madrastra. Conforman un triángulo amoroso, y entre ellos no
hay problemas: son muy felices los tres y comparten lecho, comidas y
conversaciones. Anet muere . Se dedica a la pintura, la literatura francesa , la aritmética, la
música, las clases de baile y la botánica. Practica con las armas, pero no le
toma gusto porque no entiende cómo puedes prepararte para matar a otro hombre.
Aprende a jugar al ajedrez y estudia las partidas de los grandes maestros. Se
enferma y tiene su peculiar opinión sobre la medicina.
-El odio, lo mismo que el amor, hace crédulas a las
personas.
-La química y la anatomía se hallaban mezcladas en mi
mente y formando un todo confuso a que llamaba medicina.
-Su madre viendo su gusto con la música y el baile le
dijo : el que bien canta y bien danza trabaja
mucho y no avanza.
-La ociosidad es en la sociedad, a mi entender, un mal
tan grande como la soledad.
- Nada envilece tanto el entendimiento; nada engendra
más fruslerías, chismes, murmuraciones, enredos y mentiras que el estar continuamente
varias personas en una habitación, mirándose las caras, y reducidas a la necesidad
de charlar continuamente por toda ocupación.
- Aprendió a jugar al ajedrez y se aficionó: Esto fue
bastante para que este juego absorbiese todo mi espíritu. Me proporcioné un tablero,
y compré el Calabrés; me encerré en mi cuarto, en donde pasaba días y noches empeñado
en aprender de memoria todas las partidas; quería encajarlas en mi entendimiento
de buen o mal grado, jugando solo sin descanso ni fin. Al cabo de dos o tres meses
de este divertido ejercicio y de esfuerzos inauditos, fui al café, delgado,
amarillo y atontado. Me ensayé y volví a jugar con el señor Bagueret; me ganó
una vez, dos, veinte veces; se habían enredado tantas combinaciones en mi
mente, y mi imaginación se había ofuscado de tal manera, que delante de mí no
veía más que una nube. Cuantas veces quise ejercitarme en el estudio de jugadas
con el libro de Filidor, o con el de Stamma, me ocurrió lo mismo, y, después de
haberme extenuado con la fatiga, me encontré más decaído que antes. Por lo
demás, que haya abandonado el ajedrez o que jugando me haya repuesto, no he adelantado
un ápice desde la primera sesión y me he encontrado siempre en el mismo punto
en que me hallaba al concluirla. Aunque estuviera ejercitándome millares de
siglos, siempre acabaría por poder dar la torre a Bagueret y nada más. He aquí
un tiempo bien empleado, se dirá, y que no fue poco; no cejé en este primer
ensayo hasta que me faltaron las fuerzas.
[6]
Rousseau sale de viaje , y al regresar encuentra a su
madrasta-amante con otro. A pesar de que no pierde sus derechos dentro de un nuevo
triángulo amoroso siente que ya es hora de partir. Enferma, deja el vino y
recurre a un tratamiento con agua, pero luego lo deja por dañino y retoma sus
copas. Piensa en que puede morir joven (cree tener un pólipo en el corazón) , y
esa idea lo impulsa a trabajar con más dedicación. Se refugia en los libros.
Estudia geometría, algebra, cálculo, filosofía, latín, poesía (Virgilio),
prosa, astronomía, geografía , historia, fisiología y anatomía . Trabaja en el
campo, en el huerto, en la vendimia, con los animales. Aprende de apicultura.
Hace paseos en solitario, con su madrastra-amante almuerza al aire libre sobre
la hierba
-Nada veo ya en lo por venir; sólo las excursiones a
lo pasado son capaces de halagarme, y estos recuerdos tan vivos y verdaderos de
la época a que me remonto me hacen vivir frecuentemente feliz a pesar de mis
infortunios.
-Me levantaba con el sol y era dichoso; me paseaba y
era dichoso; veía a mamá y era dichoso; me apartaba de ella y era dichoso;
recorría los bosques, las cuestas, divagaba por los valles ,leía, estaba
ocioso, trabajaba en el jardín, cogía la fruta, ayudaba al arreglo de la casa y
por todas partes me seguía la felicidad; no se hallaba ésta en ningún objeto
determinado; estaba toda en mí mismo sin poder abandonarme un solo instante.
-El verdadero placer no se describe, se siente.
-He tenido errores, pero no vicios.
ENFERMEDAD
Una mañana, sin estar más enfermo que de costumbre,
levantando una pequeña mesa sobre su pie, experimenté en todo mi cuerpo una
revolución súbita y casi inconcebible; con nada puedo compararla mejor que con
una especie de tempestad que se levantó en mi sangre y recorrió en un solo
instante todos mis miembros. Mis arterias latían con tanta fuerza, que no solamente
sentía sus sacudidas, sino que hasta las oía, sobre todo las de las carótidas.
A esto se unió un gran ruido en los oídos, ruido que era triple o mejor
cuádruple, a saber: un zumbido grave y sordo; un murmullo más claro, como de
agua corriente; un silbido muy agudo, y la agitación arriba mencionada, cuyas
pulsaciones podía contar fácilmente sin tocarme el pulso ni el cuerpo con las
manos. Este ruido interior era tan grande que me quitó la delicadeza de oído
que antes tenía y me dejó, no enteramente sordo, pero sí con una dureza que la
conservo desde aquel entonces.
RELIGIOSIDAD
Todos los días me levantaba al amanecer; por un vergel
vecino subía a un hermoso camino, que se extendía por encima de la viña y
seguía la cuesta hasta Chambéry. Allí, mientras me paseaba, hacia mi oración,
que no consistía en balbucear algunas vanas palabras sino en una sincera
elevación de espíritu hacia el autor de esa admirable Naturaleza, cuyas
bellezas se desplegaban ante mis ojos. Nunca me ha gustado hacer mis oraciones
en una habitación; me parece que las paredes y todas esas pequeñas obras del
hombre se interponen entre Dios y yo.
-Enteramente al revés de los teólogos, los médicos y
los filósofos no admiten como verdadero sino lo que pueden explicar, y hacen de
su inteligencia la medida de lo posible.
CLASES DE ANATOMÍA
Partí a fines de noviembre, después de haber
permanecido mes y medio o dos en esta dudad, donde dejé una docena de luises
sin provecho alguno para mi salud ni para mi instrucción, fuera de un curso de
anatomía que habla comenzado con Fitz-Moris y que me vi obligado a abandonar a
causa de la horrible hediondez de los cadáveres que se disecaban y que me fue
imposible soportar.
-Tomé la firme resolución de combatirme y vencerme a
mí mismo.
-Una de las ventajas de las acciones buenas es elevar
el alma y disponerla a otras mejores.
-Con mis desgracias comenzaron a germinar mis
virtudes, cuya semilla estaba en el fondo de mi alma; el estudio las habla
cultivado, y para desarrollarse no esperaba más que el fermento de la
adversidad.
-Supóngase la mujer más filosófica, menos afecta al goce
de los sentidos: el crimen más imperdonable que el hombre que menos le interese
puede cometer con ella es que, pudiendo poseerla, no lo haga.
-Comprendía que la presencia personal y el alejamiento
de corazón de una mujer que tanto amaba, irritaba mi dolor, y que cesando de
verla sentiría menos cruelmente la separación.
[7]
Rousseau marcha a París. Lleva en sus alforjas las
cartas de recomendación y un nuevo método para escribir música. Tiene grandes
esperanzas en este sistema musical y sueña que el mismo será reconocido como
una importante innovación artística, pero no será así. Escribe comedias,
compone operas, estudia química y juega al ajedrez. Se enferma de neumonía.
Trabaja de secretario en la embajada de Venecia. Visita , contra su voluntad,
los prostíbulos. Conoce a Teresa Le Vasseur, su futura pareja. Tiene su primer
hijo y lo “ que fue depositado por la comadrona en la Casa de Expósitos”. “Sucesivamente se verán todas las vicisitudes
que esta conducta fatal ha producido en mi modo de pensar, así como en mi
destino. Entre tanto atengámonos a esta primera época, pues sus consecuencias,
tan crueles como imprevistas, me obligarán a recordarlos nuevamente”. Toma
parte en la redacción de la Enciclopedia.
- Los dulces recuerdos de mis bellos años, pasados con
tanta tranquilidad como inocencia, me han dejado mil gratas impresiones, que me
halaga de continuo recordar.
-La integridad de un hombre de bien siempre es
antipática a los malvados.
-La fealdad no excluye la gracia.
-Con un bolsillo escuálido no debe meterse uno a
galanteador.
-Siempre tuve razón, pero no justicia.
- Los sabios tienen menos preocupaciones que los demás
hombres, en cambio están más aferrados a las suyas.
-Las jóvenes vírgenes de los claustros son menos
frescas, las beldades de los serrallos menos vivas, las huríes del paraíso
menos incitantes.
-Diríase que sólo logran buen resultado los miserables
complots de los malvados; los inocentes proyectos de los buenos casi nunca se
cumplen.
[8]
Habla sobre cómo funciona su memoria, la amistad con
Diderot, el barón de Holbach y el joven Grimm, sus escritos y premios, el
abandono de sus hijos en casas de expósitos, la enfermedad urinaria , el cambio
de look , el trabajo de copista de música, el rechazo a una pensión real para
no verse comprometido, sus éxitos en la ópera y sus paseos solitarios por el
bosque. Viaja a Ginebra. Regresa a París. Planea vivir en el campo para evitar
los azares de la ciudad: “Prolongamos un cuarto de legua nuestro paseo, hasta
donde se halla el estanque de las aguas del parque, contiguo al bosque de
Montmorency, donde había una deliciosa huerta, con una casita muy destrozada,
conocida con el nombre de Ermitage. Este lugar agradable y solitario me había
llamado ya la atención cuando le vi por vez primera antes de mi viaje a Ginebra”.
Voltaire le escribe.
-Me sirve la memoria mientras de ella me fío, pero,
desde el momento en que confío el recuerdo al papel, me abandona, y cuando
escribo una cosa no la recuerdo ya más. Esto me sucede también con la música.
Antes de aprenderla, sabía de memoria innumerables canciones, mas tan luego
como supe cantar con el papel delante, no he podido retener ninguna; y dudo mucho
que pudiese recitar una completa aun de las que más me han gustado.
-Habré podido engañarme, mas no endurecerme.
-Entregando mis hijos a la educación pública por serme
imposible educarlos por mí mismo, al destinarlos a ser obreros y campesinos
mejor que aventureros y caballeros andantes de la fortuna, creía hacer un acto
de ciudadano y de padre, y me consideré como un miembro de la república de
Platón.
-Empecé la reforma por mi traje; me quité el oropel y
las medias blancas; adopté una peluca sencilla; dejé la espada; vendí mi reloj,
diciendo para mis adentros con increíble satisfacción: gracias al cielo, ya no
tendré necesidad de saber qué hora es.
[9]
Vive en el Ermitage .Pasea por el bosque. Medita. Hace planes
literarios. Habla de sus problemas familiares. Cree que Cándido de Voltaire
está dirigido a su persona. Le roban los frutos de su huerto. Su retiro al campo
es criticado y le dicen que “sin ninguna restricción sólo el perverso vive en
solitario”. Diderot le dice que “en soledad vive el malvado”.
-La impaciencia por vivir en el Ermitage no me dejó
esperar la vuelta de la estación hermosa y tan luego como mi habitación estuvo
dispuesta me apresuré a trasladarme con gran rechifla de los amigos del señor
de Holbach, que auguraban a voz en cuello que yo no soportarla tres meses de
soledad y que al poco tiempo me verían volver corrido a vivir como ellos en
París.
-El único deber del hombre es seguir las inclinaciones
de su corazón.
-No hay odio que no se desarme a fuerza de dulzura.
-Todos estos proyectos me ofrecían motivos de
meditación para mis paseos; pues, como creo haberlo dicho, no puedo meditar
sino andando; tan luego como me detengo, no medito más; mi cabeza anda al
compás de mis pies.
- La sed de felicidad no se extingue jamás en el
corazón humano.
-Era la más bella estación del año cuando hacía estas
meditaciones, en el mes de junio, a la sombra de frescas arboledas, oyendo el trino
del ruiseñor y el murmullo de los arroyos.
-La imposibilidad de alcanzar los objetos reales me
lanzó al país de las quimeras; y no viendo nada real que satisficiese mi
delirio, lo distraje con un mundo ideal que mi imaginación creadora pobló en
breve de seres conformes con las aspiraciones de mi corazón. Jamás vino tan a
propósito este recurso ni resultó tan fecundo. En mis continuos éxtasis me
embriagaba a más no poder con los sentimientos más dulces que jamás hayan
entrado en el corazón del hombre.
-Voltaire, pareciendo siempre creer en Dios, jamás ha
creído sino en el diablo, puesto que su pretendido Dios no es más que un ser
maléfico, que, a su entender, sólo se complace en hacer daño.
[10]
En este libro Rousseau se queja de todo el mundo. En
su soledad piensa que todos lo critican. Se preocupa mucho por cualquier chisme
y sospecha de sus amigos más allegados. Este aspecto de su vida ha hecho que
algunos expertos hablen de manía persecutoria. Escribe su Emilio y el
Diccionario de música. Habla de sus proyectos filosóficos y literarios.
Inserta, como en el libro anterior, las cartas enviadas y recibidas. Estas
cartas le sirven para escribir sus confesiones porque le refrescan la memoria.
-No hay interior humano, por puro que sea, que no
tenga algún vicio feo.
-Siempre he querido ser todo o nada.
-Las maldiciones de los malvados son la gloria del
hombre justo.
- El corazón no puede continuar impunemente siendo
joven cuando el cuerpo ha dejado de serlo.
-Jamás he sabido escribir sino movido por la pasión.
-Toda asociación desigual es siempre desfavorable a la
parte débil.
-Determiné consagrar mis ocios a llevar a buen término
mis confesiones, y me puse a recoger las cartas y papeles que podían guiar o
despertar mi memoria, echando de menos en gran manera todo lo que había roto,
quemado y perdido hasta entonces.
- En esta profunda y deliciosa soledad, en medio de
los bosques y de las aguas, de los variados conciertos de los pájaros,
percibiendo el perfume de la flor de naranjo, fue donde compuse en un continuo
éxtasis el quinto libro de Emilio, cuyo colorido bastante fresco debo en gran parte
a la impresión del sitio donde escribía.
-Con qué anhelo corría al peristilo todas las mañanas,
al salir el sol, ¡a respirar un aire embalsamado!; allí tomaba con Teresa un
delicioso café con leche; el perro y la gatita nos hacían compañía. Este solo
cortejo me hubiera bastado para toda mi vida, sin experimentar jamás un momento
de fastidio. Aquello era para mí el paraíso terrestre, pues vivía con igual inocencia,
gozando la misma felicidad.
-En el momento en que escribo esto, acabo de recibir
los peligrosos avances de una mujer joven que tiene puestos en mí sus
peligrosos ojos; pero si ella ha fingido olvidar mis doce lustros, yo me he
acordado de ellos.
-No he emprendido mis Confesiones para callarme las
impertinencias.
[11]
Habla de sus obras: Julia, El contrato social, Julia,
el Diccionario musical y El origen de las lenguas. Se queja de su mala salud y
tiene tristes presentimientos. Le aplican sondas para su afección urinaria.
Pronostica turbulencias políticas en Francia por el mal manejo de los asuntos
del reino. Cree que sus libros sol
alterados en su contenido cuando los entrega a la imprenta. Alguien plagia
párrafos de su Emilio. Sospecha de los jesuitas. También sospecha que sustraen
sus papeles de su archivo personal. Dice haber leído la Biblia en cinco
ocasiones antes de dormir. Lo persiguen (o cree que lo persiguen, por sus
escritos y huye a Berna porque cree que quieren apresarlo. Dice que disfruta
recordando los ratos gratos de su juventud.
-No hablo de las personas a las cuales aborrezco.
-Los fanáticos ateos y religiosos son una misma calamidad.
-A través de tantas preocupaciones y pasiones
ficticias, es preciso saber analizar bien el corazón humano para encontrar en
él los verdaderos sentimientos de la Naturaleza.
HACE UN DIAGNÓSTICO MÉDICO: GOTA
El señor de Luxemburgo había tenido por intervalos un
poco de dolor en el dedo gordo del pie, y en Montmorency le dio un ataque que
le produjo insomnio y un poco de fiebre. Yo me aventuré a pronunciar la palabra
gota, y la señora de Luxemburgo me reprendió. El ayuda de cámara, cirujano del
señor mariscal, sostuvo que no era gota, y se puso a curar la parte dañada con
un bálsamo tranquilo. Desgraciadamente se calmó el dolor, y cuando reapareció,
no dejaron de emplear el mismo remedio que lo había calmado; su constitución se
alteró, aumentaron los males y con ellos los remedios; y la señora de
Luxemburgo, que vio al fin que lo que tenía su marido era la gota, se opuso a
aquel insensato tratamiento.
-Mi talento consistía en saber decir a los hombres
verdades útiles, pero duras, con bastante valor y energía; fuerza era atenerme
a esto. Yo no había nacido para decir lisonjas, ni aun siquiera para cantar
alabanzas.
UNA ANÉCDOTA CON UN PERRO LLAMADO “DUQUE”
Yo tenía un perro que me habían dado cachorro, a poco
de mi llegada al Ermitage y a quien puse por nombre Duque. Este perro, no
bonito, pero sí raro en su especie, en quien tenía un compañero y un amigo, y
que ciertamente merecía mejor este título que la mayor parte de los que lo
llevan, había llegado a ser célebre en el castillo de Montmorency, por su
instinto afectuoso, sensible y por el cariño que mutuamente nos profesábamos;
mas por una pusilanimidad muy tonta, había cambiado su nombre por el de Turco,
como si no hubiese otros innumerables perros que se llaman Marqués, sin que
ningún marqués se ofenda. El marqués de Villeroy, que supo este cambio de
nombres, me atacó de tal modo con este motivo, que me vi. obligado a referir en
plena mesa lo que había hecho. Lo que había en ello de ofensivo en cuanto al
nombre de Duque no consistía tanto en habérselo dado al perro como en habérselo
quitado, y lo peor fue que estaban presentes varios duques; el señor de
Luxemburgo lo era y su hijo también. El marqués de Villeroy, que había de
serlo, y lo es hoy día, se gozó cruelmente con el apuro en que me había puesto,
y con el efecto que esto produjo.
-Confiado y ciego en mis esperanzas, siempre me he
apasionado por lo que había de ser causa de mis desgracias.
-Olvido demasiado a mis enemigos para tener el mérito
de perdonarlos.
-Contra lo que ha pasado no es necesario precaverse, y
es inútil ocuparse en ello.
-Constantemente preocupado por mi pasada felicidad, la
recuerdo pensando y fijándome en ella, hasta el punto de poder gozarla
nuevamente cuando quiero.
[12]
Está en Berna. Ve enemigos por todas partes. Cree que
lo espían y piensa que lo atacan no sólo los religiosos sino también los
académicos de la Sorbona. Lo califican de sifilítico. Le critican el haber
abandonado sus hijos. Le atacan físicamente con piedras. Habla de Las cartas
escritas desde la montaña: su defensa ante los ataques al Contrato social y al
Emilio. Lo califican de “Anticristo”. Habla de Hume. Se dedica a la botánica.
Se retira a una isla, pero luego debe abandonarla ante los ataques. (“Consistía este
proyecto en ir a establecerme en la isla de San Pedro, perteneciente al hospital
de Berna, en medio del lago de Bienne”.)
-Prefiero a dormir soñar despierto.
-Nací para meditar a mis anchas en la soledad.
-En el abismo de males en que me hallo sumergido,
siento las heridas de los golpes que se me asestan; vislumbro el instrumento
inmediato, pero no puedo ver la mano que lo dirige ni los medios que pone en
juego.
-Los malvados y los tiranos siempre me han aborrecido
de muerte, aun sin conocerme, y sólo por la lectura de mis obras.
-Las pasiones bajas no subyugan sino a los hombres
pequeños, y hacen poca mella en las almas de gran temple.
- Lo que jamás he podido soportar es la habladuría de
las tertulias, donde están todos sentados unos enfrente de otros, sin tener más
que afilar la lengua. Cuando se va de camino, cuando se pasea, vaya con Dios; a
lo menos los pies y los ojos hacen alguna cosa; pero permanecer quieto, con los
brazos cruzados, hablando del tiempo que hace y de las moscas que vuelan, o, lo
que es peor, dirigirse mutuos cumplidos, es para mí un suplicio insoportable.
-Me gusta ocuparme en hacer bagatelas, empezar mil
cosas sin acabar ninguna ir y venir a mí antojo, cambiar de proyecto a cada
instante, seguir el vuelo de una mosca, querer perforar una roca para ver lo
que está debajo, emprender con ardor un trabajo de diez años y abandonarlo sin
pesar a los diez minutos, malgastar el día entero sin orden ni concierto, y no
seguir más que el capricho del memento.
-Siempre me ha gustado extraordinariamente la vista de
las aguas, y su aspecto me sumerge en un delicioso sueño, aunque a menudo sin
determinado objeto.
-Luego vagaba solo por este lago, acercándome a veces
a las riberas, sin abordar jamás. A menudo, dejando mi lancha a merced del
viento y del agua, me abandonaba a meditaciones sin objeto, que, no por ser
estúpidas, eran menos gratas. A veces exclamaba con ternura: ¡”Oh Naturaleza;
oh madre mía!
-Nada hay que influya más sobre mi corazón que un acto
de valor hecho a propósito, en favor del débil injustamente oprimido.
-Si algún día tengo valor para escribir la parte
tercera, se verá cómo, creyendo partir para Berlín, partí en efecto para
Inglaterra.